Sobre mí

Hola, y bienvenidos. Soy la Abuela Carmen Aldonza, nacida en Sevilla, en una casa de patio donde el azahar entraba por la ventana de la cocina sin pedir permiso. Llevo toda una vida entre los fogones y las macetas, porque en mi casa nunca supimos dónde terminaba la cocina y dónde empezaba el patio. Este sitio es mi manera de seguir transmitiendo lo aprendido, desde el cuaderno de notas que nunca me abandona.

El patio, antes que las palabras

Mi abuela Rosario gobernaba un patio sevillano de cal blanca y arriates desbordados: gitanillas en la pared, hierbabuena junto al pozo, un naranjo viejo que daba sombra a la mesa de los desayunos. Los jueves por la tarde, al salir de la escuela, me ponía a su lado sin que mediara palabra. Ella no daba lecciones; me tendía la regadera o el almirez, y trabajábamos en silencio mientras las golondrinas cosían el cielo del patio. De ella aprendí que a las plantas no se les manda: se las escucha, y ellas consienten.

En aquel patio todo tenía doble vida: el perejil del arriate acababa en el gazpacho, la hierbabuena en el cocido, los azahares del naranjo perfumaban el arroz con leche. Por eso, cuando me preguntan si lo mío es la cocina o el jardín, contesto lo que contestaba mi abuela: en una casa con patio, eso es la misma pregunta dos veces.

Una vida entre el fogón y los arriates

Durante más de cuarenta años llevé la cocina de casa y la huerta del patio a la vez: tomates en arquetas junto a la tapia, albahaca y romero en cántaros viejos, un limonero que me ha dado más alegrías que disgustos. Las vecinas venían a por una receta y se marchaban con un esqueje; venían a por un esqueje y se marchaban con la fórmula de mi adobo. Así se fue corriendo la voz, de patio en patio, y así sigo yo: apuntándolo todo en mi cuaderno, la cocina en las páginas pares y las plantas en las impares.

Manolo, y el compás de las estaciones

Compartí la vida con Manolo durante treinta y ocho años. Era hortelano en el Aljarafe, de los que miraban el cielo al amanecer y al anochecer, y tenía esa paciencia rara de la gente que trabaja con las estaciones. Se me fue hace unos años, una mañana de marzo, y desde entonces cuido yo sus naranjos con la ayuda de un sobrino. Cada primavera, cuando el azahar revienta, me parece que la casa entera lo recuerda conmigo.

De él aprendí a sembrar con la luna y a no fiarme de los calendarios impresos: el patio avisa antes que el almanaque. No soy mujer de misterios; soy una mujer que ha observado durante décadas, y que ha visto que el perejil sembrado en menguante aguanta mejor el verano sevillano. Pensad de ello lo que queráis — yo no tengo nada que vender, y sí mucho que compartir.

Canela, y los pequeños placeres

Hoy vivo en la misma casa del patio, con una gata canela que se llama, cómo no, Canela, y que está convencida de que los arriates son suyos. Escribo estos artículos temprano, con café de puchero, antes de que apriete el calor. Tengo mis debilidades, que os pido que me disculpéis: un cuenco de aceitunas aliñás siempre a mano, la manzanilla fresquita en mayo, y los dulces de azahar de las monjas, que no me canso de defender contra toda dieta razonable.

Lo que encontraréis aquí

Consejos de temporada, escritos como os los daría en persona, en la mesa del patio: fichas de las plantas que quiero — gitanillas, hierbas aromáticas, cítricos en maceta, hortalizas de arqueta —, trucos espigados a lo largo de los años (el riego justo para el limonero en agosto, el momento exacto de pinchar la albahaca, el secreto de un esqueje de geranio que agarra siempre), y, de vez en cuando, una receta de mi cocina que casi no tiene que ver con el jardín, pero que me hace ilusión contaros.

Si mis palabras os acompañan un poco en vuestro propio jardín, me daré por contenta. Y si queréis escribirme unas líneas, encontraréis todo lo necesario en la página de contacto. Os espero.

— Abuela Carmen, desde Sevilla